III

Si tuviera con quién platicar, le contaría que la abuela me vigila hasta con los ojos cerrados. A veces, cuando estoy en el jardín jugando con mis soldaditos de plomo, ella se aparece en el balcón con esa regadera suya tan gastada que tiene y entre planta y planta levanta la vista y se queda todo el día mirándome. Pero ése no es el problema. Lo que me asusta es cuando después de la cena ella cierra los ojos y se queda así, sentada y quieta, como muerta, viéndome fijamente con los ojos cerrados. Luego de pronto empieza a roncar, pero sé que lo hace nomás para despistarme y que en el fondo me ve cuando todas las noches alargo la mano y me llevo, aunque no debería, un chocolate de sus favoritos a la cama.