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I

Esta mañana

el canto de las aves

suena a turbina.

Ahí amanece. Las tres de la tarde. El sol en la boca que pide paciente a la salida del sueño la última pinta de jugo de mandarina. No hay culpa. Cristo bajaría de la cruz a celebrar conmigo. La música al otro lado de la pared de cartón no duele en la cabeza. Canto con mi vecino el último éxito en Radio Olé y sigo con los dedos el ritmo contemporáneo que hace sobre los clavos su martillo. Hay niños fuera. Supervivientes del juego de la pelota. En lugar de imaginarme como asesino, si no fuera tan consciente de la perversión, hoy pensaría en reproducirme. Y ya luego morir. O matar. Y el cosquilleo de cerveza en el cuerpo no me devuelve a la posición de feto. Salgo silbando a la calle. ¡Me reproduciría con cualquiera! Lo cual indica que me he librado otra vez de caer enamorado. Pero de dónde sale tanta belleza. O por dónde me entra. El domingo sucede en negativo. El negativo del positivo. En positivo. Me siento en el banco del parque y me doy cuenta que las nubes no tienen forma de nada. Y al volver a casa se me ocurre que ojalá todo fuera como una resaca luminosa. Así. Nada más. Pido por otra.


A DIVINA RESSACA


“Não se embriaguem, pois a bebida levará vocês à desgraça; mas encham-se do Espírito de Deus.”

- Efésios 5.18

A festa seguia. Jesus estava a um canto, com acne a cobrir-lhe parte da cara que não tinha barba. Ele era a Palavra. Ele era tímido.(...)




II

Revolviendo la

insoportable mente,

la nausea vuelve.

Revolviéndola,

insoportablemente

la nausea vuelve.


Soneto Crudo



Después de siete doce quince copas

de chela whiskey ron y harto tequila;

a casa la primera que te topas,

y llegas serpenteando como anguila


La noche es un inmenso terremoto,

que rompe en pedacitos tu cabeza.

La cama se convierte en maremoto;

despiertas y vomitas la cerveza


Y luego el pinche sol con su rayito.

Y tú, que no cerraste la cortina,

esperas que se largue ya la ruca.


Qué resaca, ¡mi madre!; estás bien frito,

y rezas en voz alta: virgencina,

por Ésta que no vuelvo a chupar nunca.

One morning, as Gregor Samsa was waking up from anxious dreams, he discovered that he had a monstrous verminous hangover. He lay on his back and saw, as he lifted his head up a little, his body, still fully clothed in the garments he had worn the night before. Images of drinking at his friend's house and later in numerous bars in the town centre, flickered painfully before his eyes. (...)

III

Revoluciones

marxistaestomacales.

Lucha de gases.