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I

Lo más maravilloso del desierto es su flora aceitunada, su seco parpadear, el epitafio ilegible de su lápida. Aquel siniestro hombre de humo, cubierto de turbante gris y túnica de seda, sabe que la duna en que su paso descansa es tan frágil y tan eterna como la tímida mirada de su abuela. No falta tanto ya para llegar a Moravia. Ante la caída de la noche, el hombre recuerda el olor a canela, el suave sabor del té de tila y vuelve a sentir entre sus dedos las manos ásperas y firmes y ese temblar de una voz que llega desde lejos. Desde detrás de las murallas de Moravia...


Postal enviada por el Príncipe Carlos de Inglaterra a su abuela a los 5 años.

II

Uy, no m’hijita, de esas cosas ya no me acuerdo. Pregúntale a tu tía Remedios, ella de seguro sabe, aunque no sé si en realidad sea buena idea, ya ves que está medio sorda y luego con esa manía que tiene de estarle prendiendo velas a los santos. Esas cosas a mí de plano no me gustan. Mira que yo creo que son del diablo. Sí, m’hijita, mejor no te metas con la metiche de tu tía, ya ves que nadie le habla por metiche y socarrona y encima sorda, válgame Dios, la pobrecita de tu tía. Déjate mejor de tus preguntas necias y ya que estás ahí corre la cortina para que me entre un poco el solecito.

III

Si tuviera con quién platicar, le contaría que la abuela me vigila hasta con los ojos cerrados. A veces, cuando estoy en el jardín jugando con mis soldaditos de plomo, ella se aparece en el balcón con esa regadera suya tan gastada que tiene y entre planta y planta levanta la vista y se queda todo el día mirándome. Pero ése no es el problema. Lo que me asusta es cuando después de la cena ella cierra los ojos y se queda así, sentada y quieta, como muerta, viéndome fijamente con los ojos cerrados. Luego de pronto empieza a roncar, pero sé que lo hace nomás para despistarme y que en el fondo me ve cuando todas las noches alargo la mano y me llevo, aunque no debería, un chocolate de sus favoritos a la cama.