Tengo un perro enamorado de la luna. Cierro las persianas ante los últimos destellos del atardecer, tomo el abrigo mientras el alto reloj de caoba marca las ocho menos cuarto. Cruzo la puerta y lo veo esperándome tranquilo, su mirada triste de perro viejo que ha combatido y respirado y al que sólo le falta despedirse. Salgo a la calle y él me sigue las diecisiete cuadras hasta la frontera, allí donde las constructoras empiezan a especular sobre el valor de los nuevos predios. Los límites del bosque retroceden, y nosotros, perro y hombre, vacilamos porque nos sentimos ajenos. (Él no se queja; apenas ladra cuando mis cavilaciones me obligan a detenerme en medio de la calle). Pero siempre llegamos a tiempo. Es en la quinta colina donde nos sentamos a ver la luna; me recargo silentemente bajo el álamo, prendo una pipa, y él corre durante largo rato, mientras la luna viene y va como un cometa atado a un molino de viento.
II
Tengo un hombre enamorado de la luna. Hombre que pasa pluma sobre papel cuando hay luz, y pasa pluma mientras la luz no se acaba. Estado de salida: los rayos como niños juguetones, pesa la tristeza de hombre, cruza la puerta, pasa y lo sigo. Sigo el olor hasta que los bloques de concreto dan paso a las hojas que crujen y en donde es divertido revolcarse. Él se retrasa, lo llamo. Ella nos espera desde que cruzamos las primeras filas de murmullos florales. Entonces él se sienta cómodamente, y yo aúllo porque ella lo prefiere a él, y a su humo, y a su carne de hombre enamorado.
“Me pedís que me explique, pero estoy tan lejos de las palabras, de la lógica, del pensamiento discursivo, del intelecto… Me encuentro en un estado secreto e indecible, soy el misterio donde comienza todo conocimiento profundo, cuando os sumergís en mis aguas silenciosas sin pedir nada, sin tratar de definir nada, fuera de toda luz. Cuanto más entráis en mí, más os atraigo. No hay nada claro en mí. No tengo fondo, soy toda matices, me extiendo en el reino de la sombra. Soy una ciénaga de riqueza inconmensurable, contengo todos los totems, los dioses prehistóricos, los tesoros de los tiempos pasados y por venir. Soy la matriz. Más allá del inconsciente, soy la creación misma. Escapo a cualquier definición. (...)
¿Puede el nombre o el apellido de una persona configurar su personalidad, modelar su carácter? De ser esto posible... las mujeres llamadas Socorro serían doctoras de urgencias... las que se llamen Dolores... sufrirían de alguna dolencia toda su vida... y las Milagros... convertirían el agua en vino...
La vida es un continuo interrogante, una eterna duda... un largo “quizás”...
Yo puedo contaros el caso que conozco, en el que el apellido de mi madre, Luna, lo llevaron honrosamente varias personas parecidas... poetas, soñadores, bohemios, creativos, casi magos, personalidades bordeando la locura... esa locura que decían los antiguos que afectaba a los hijos de la Luna. Mi tío Marcial B. Luna es un delicioso representante de este tipo de lunáticos adorables. (...)





